RECORDANDO A VIRGINIA WOLF, EN EL ANIVERSARIO DE SU MUERTE.

El 28 de Marzo se conmemoraba el 85 aniversario de la muerte de la escritora de cartas y cuentos

Marina Moreno (Redacción Don Chicote)


Hace algunos días, en concreto, el 28 de marzo, se conmemoraba el ochenta y cinco aniversario de
la muerte de la escritora de cartas y cuentos, de la novelista, ensayista, editora y feminista británica
Virginia Wolf, una de las autoras más sobresalientes y célebres, no solo del siglo XX, sino de la
historia de la Literatura. Sus reflexiones se encuentran entre el terreno de la Filosofía y la
Antropología, convirtiéndola en una de las escritoras más innovadoras de la era moderna y una
pionera en el uso tan auténtico del llamado “monólogo interior”.

Virgina Woolf es uno de los nombres claves de la Literatura moderna. Su figura ha trascendido por
su aporte rupturista, (suponiendo su narrativa un corte respecto a la tradicional), por la descripción
de personajes, seguidos de acciones concretas, con clímax y desenlace. Sus obras profundizan en el
monólogo interno y en la conciencia humana, valiéndose de sus propias experiencias, usando
formas líricas más propias de la poesía. La escritora modernista fue dueña de una originalidad
creativa que desafió el tiempo lineal como espacio literario y jugó libremente, con la identidad
sexual de sus personajes.

Era el año 1941, cuando Virginia se adentró en las frías aguas del río Ouse, en Inglaterra, hasta
perderse en ellas para siempre. Llevaba piedras en sus bolsillos y había dejado una nota de suicidio
a su marido Leonard, en la que, entre otras cosas, decía: “no puedo seguir destrozando tu vida por
más tiempo”; “toda la felicidad de mi vida te la debo a ti”; “si alguien hubiera podido salvarme,
habrías sido tú”.

Virginia no puede más: I y II Guerra Mundial como trasfondo de su vida, muerte de su madre Julia
cuando ella solo contaba con 13 años de edad, muerte de su hermana y su padre, abusos sexuales
por parte de su hermanastro, anorexia, depresión, ansiedad, trastorno bipolar, entre otras delicias.
Aún así, tuvo épocas de tranquilidad y felicidad. Pero adentrémonos un poco en su contexto vital
para entender mejor, por qué tuvo tal triste final.

Virginia Woolf nace en Londres, Inglaterra, como Adeline Virginia Stephen, el 25 de enero de 1882,
siendo la séptima de ocho hermanos. Su madre, Julia Stephen, se casó con su padre, Leslie Stephen
en 1878, tras quedar viuda de su primer marido. En ese momento, Julia tenía tres hijos que se
sumaban a la hija que su nuevo esposo aportaba de un matrimonio anterior que había finalizado con
la muerte de su primera esposa, tras dar a luz a su hija. La pareja tuvo cuatro hijos más, después de
casarse. Así pues, Virginia creció junto a tres hermanos de sangre, más cuatro hermanastros fruto de
los matrimonios anteriores de sus padres.

De su madre, Julia Stephen, poco se sabe. Parece ser que fue una mujer de gran belleza, llegando a
ser modelo de algunos pintores prerrafaelistas. Su imagen se puede encontrar en las obras del artista
y diseñador británico Edward Burne-Jones y del escultor George Frederic Watts. Julia, también
modelaba frecuentemente para su tía Julia Margarte Cameron, la cual era una célebre fotógrafa. Por
su parte, Leslie Stephen, un escritor refutado de la época, hizo que Virginia y el resto de hermanos y
hermanastros, crecieran en un entorno lleno de libros y frecuentado por artistas, literatos e
intelectuales del momento, en el conocido barrio de Kensington. Sin embargo, debido a las rígidas
costumbres de aquellos tiempos, que consideraban que la mujer no podía estudiar, Virginia, nunca
fue a la escuela; no obstante, pudo acceder a una formación académica a través de dos vías: gracias
a su padre y gracias a algunas clases particulares. ​

Cuando Virginia contaba con tan solo treces años de edad, su madre, Julia Prinsep, muere
repentinamente de unas fiebres reumáticas, sumiendo este fatídico hecho a la pequeña, en la que
sería la primera de sus depresiones, las cuales, se convertirían, desgraciadamente, en algo
recurrente. La muerte de su madre fue un duro golpe para ella: “parecía que estuviéramos sentados,
todos juntos, tristes, solemnes e irreales, envueltos en una niebla de pesada emoción. Parecía
imposible escapar”, escribió al respecto. Dos años después, fallecía su hermana Stella, cuando
estaba embarazada y, en 1906, fallece su hermano mayor, Thoby, con quien mantenía una relación
entrañable.

Más adelante, con la muerte de su padre, los episodios de depresión y ansiedad se van
agravando, derivando en un trastorno bipolar que ya la acompañaría hasta su muerte. Tras la pérdida
de su padre, Virginia realiza el que fue su primer intento de suicidio: en 1904, se lanza desde una
ventana. Afortunadamente, la altura de la ventana era baja y no le costó la vida.

Además, en una obra autobiográfica, Momentos de vida , la autora deja ver que, por aquellos años,
tanto ella, como su hermana Vanessa tuvieron que soportar abusos sexuales por parte de dos de sus
hermanastros (hijos de su madre): George y Gerald Duckworth, algo que, en silencio, le generó a la
autora pavor hacia las relaciones sexuales e, incluso, hacia su propio cuerpo. Virginia llegó a
desvelar en cuanto a George: “Sí, las viejas damas de Kensington y de Belgravia jamás supieron
que George Duckworth no solo era padre y madre, hermano y hermana para aquellas pobres chicas
Stephen, era también su amante”.

A raíz de aquello, según se desprende de la autobiografía citada anteriormente, jamás pudo dejar de sentir desconfianza hacia los hombres, desarrollando una visión romántica de las mujeres, que se apreciará en la mayor parte de su obra. De hecho, en la actualidad, gran parte del trabajo de Woolf, se lee e interpreta a través de una marcada lente feminista, especialmente, sus ensayos literarios, como Una habitación propia y Tres guineas . Sin embargo, su legado narrativo también está teñido por su tumultuosa batalla, ya nombrada, contra los trastornos mentales que tuvo que encarar a lo largo de su vida y que la abocaron, finalmente, al suicidio. Aún así, a pesar de las dificultades que enfrentó, Woolf tuvo momentos de felicidad.

Gracias a las conexiones artísticas y literarias de su madre y su padre, Virginia y sus hermanos
solían estar rodeados de algunas de las figuras más eminentes de esos círculos intelectuales. Sin
duda, haber crecido en un entorno así, tuvo gran influencia en la temprana afinidad de Woolf por la
creatividad, los libros y la escritura. Tras la muerte de su padre, Virginia se muda, junto a su
hermana Vanessa, a Bloomsbury, barrio que dio nombre al grupo literario, intelectual y artístico,
que se formó alrededor de ellas. En esta época, conoció al que se convertiría en su futuro marido,
Leonard Woolf, uno de los integrantes del grupo Bloomsbury . Junto a este economista refutado,
fundó en 1917 la célebre editorial Hogarth Press, que editó la obra de la propia Virginia y la de
otros relevantes escritores.

Con un trastorno de bipolaridad a cuestas, Virginia se casa en 1912, a los treinta años de edad, con
el citado miembro del grupo Bloomsbury, Leonard Woolf. Ya alejada de su destruido entorno
familiar, escribió algunas obras junto a él; pero el paso del tiempo solo sirvió para ahondar su
depresión mientras, para colmo, se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial. He de citar aquí que, si
bien Leonard Woolf fue su marido y compañero intelectual, el verdadero amor de Virginia fue la
aristócrata y escritora Vita Sackville-West, con la que mantuvo una apasionada relación amorosa,
cobijada y marcada por la libertad del grupo Bloomsbury, que desafiaba las normas sociales. Vita se
convirtió en la verdadera musa de Virginia. Sin embargo, los problemas mentales de esta, se
agudizaban cada día más. El segundo intento de terminar con su vida fue en 1913, ingiriendo una
dosis mortífera de veronal. Pero tampoco aquí culminó con éxito la operación.

Con este panorama y, tras haberle dado tiempo a dejar escritas sus obras más emblemáticas, joyas
de la Literatura como: La Señora Dalloway , Al Faro , Las Olas , Entre Actos y Una habitación
propia que es, sin duda, una pieza elemental de la Literatura feminista: “una mujer debe tener​
dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”, (llegó a sentenciar la escritora, haciendo
suyas las dificultades que, en esa época, tenían las mujeres para sobrevivir profesionalmente en un
mundo d hombres), no es de extrañar que decidiera poner punto y final a su vida. Ciertamente,
estaba enferma: pateaba, gritaba e insultaba a la gente que más quería. Pensaba que los pájaros
hablaban griego y que su madre, que había muerto muchos años antes, estaba en el cuarto con ella.

Un amigo de la familia declaró que se necesitaban cuatro enfermeros para controlarla, sin embargo,
cuando se recuperaba de esas crisis, se convertía en una persona totalmente sana.

Antes de suicidarse, Virginia había dejado una carta dirigida a su marido Leonard, sobre el mantel,
que comenzaba así: “Querido, estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca (…)”. También dejó
una carta de despedida a su hermana Vanessa, que vivía por aquel entonces en Brighton: “Siento
que he ido demasiado lejos en esta ocasión para que pueda volver. Es lo mismo que la primera vez,
todo el tiempo oigo voces y sé que no puedo superar esto ahora”.

Le pedía, además, que ayudara a Leonard a superar su muerte y a seguir adelante. La carta terminaba con una contundente declaración: “He luchado contra esto, pero ya no puedo más”. Hacía cuatro días que Virginia no escribía nada en su diario personal.

Los lamentos de Leonard en sus memorias son estremecedores. “ Debía haber hecho algo ”, se
martiriza. El 28 de marzo de 1941, el marido de la escritora pasó la mañana en el jardín convencido
de que Virginia estaba en casa. Pero, cuando entró a comer, a la una en punto de la tarde, encontró
su carta de despedida en la repisa de la chimenea del salón. Una misiva preciosa donde Virginia le
da las gracias. Leonard salió corriendo, atravesó los campos y llegó al río Ouse. Encontró su bastón
junto a la orilla. Pidió ayuda a los vecinos del pueblo de Rodmell para buscarla. Pasaron tres diás de
angustia aplastante, hasta que unos niños vieron su cadáver flotando en el río.

Conmueve el adiós epistolar de Virginia a su marido: “te estoy amargando la vida”, “sin mí podrás
trabajar (…)”, “empiezo a oír voces y no puedo concentrarme”, “no puedo escribir, no puedo leer, no
resistiré otra vez”, “voy a hacer lo que me parece mejor”.

Su vida, sus novelas, su marcado discurso feminista, sus problemas psicológicos, su trágico final,
sumergiéndose en las frías aguas del río Ouse, con los bolsillos de sus abrigos cargados de pesadas
piedras y la desoladora carta de amor que dejó a su marido, han sido ampliamente tratados por la
literatura, el teatro y el cine. Se puede llegar a conocer a Virginia Woolf, incluso sin haber leído sus
libros.

«Había en nuestro jardín dos grandes olmos con las ramas entrelazadas a las que llamábamos
Leonard y Virginia», escribe Leonard en sus memorias. A sus pies, enterró las cenizas de Virginia.


 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *