LA MISTERIOSA FIGURA DE SOR JUANA INES DE LA CRUZ: «LA DECIMA MUSA»

Sor Juana Inés de la Cruz fue una religiosa y escritora hispanoamericana, máximo
exponente del Siglo de Oro de la L iteratura en español.

Sor Juana Inés de la Cruz fue una religiosa y escritora hispanoamericana, máximo
exponente del Siglo de Oro de la Literatura en español. Es figura de la Lírica Barroca de
tan alto nivel, que se la puede comparar al mismísimo Góngora y, aún ella, lo supera por la
variedad de géneros que cultivó. Era una gran creadora, de pensamiento y espíritu
brillante y encantador, de personalidad transparente y enigmática. En fin, una figura única
que ha incitado a los críticos a indagar acerca de su vida y obra y, aunque todavía existen
muchos puntos que no se conocen de ella, no cabe la menor duda de que sor Juana Inés
de la Cruz fue la mayor figura de toda la poesía colonial.

.

Gracias a su propia obra y a otras fuentes conventuales, se saben ciertos datos de la
biografía de esta escritora mexicana. Hija de español y criolla, fue concebida fuera del
matrimonio, como el resto de sus hermanos, según atestigua su madre en su testamento,
fechado en 1687. Se desconoce el efecto que tuvo en sor Juana el saberse hija ilegítima,
aunque sí se sabe que trató de ocultarlo.

Su infancia estuvo marcada por la precocidad y el deseo autodidacta de saber. Aprendió a
leer y escribir a los tres años. Siendo ella muy pequeña, sus padres se separaron y tuvo
que ir a vivir con su abuelo materno, en la Hacienda que este tenía, llamada Panoaya, en
Amecameca, Estado de México. La biblioteca de la casa de su abuelo constituyó un
instrumento vital en su formación autodidacta: fue su verdadera Universidad, su templo,
en un mundo en el que los estudios y la lectura estaban vetados para las mujeres. Juana
se encerraba todas las tardes en la biblioteca de la hacienda y pasaba las horas leyendo y
hojeando diversos volúmenes sobre todas las ramas del saber: desde Astronomía y
Matemáticas, hasta Política y Retórica. A los ocho años, ya componía versos. Entre los seis
y ocho años de edad, escribió su primera obra, una loa (breve pieza teatral) que dedicó a
la festividad católica del Corpus Christi. Ella era lo que podríamos llamar una niña prodigio.

Entre 1664 y 1665 Juana ingresa en la corte del virrey Antonio Sebastián de Toledo,
marqués de Macera, debido a la fama que se ganó por su precocidad, cultura, encanto
personal y belleza física. La mujer del marqués, la marquesa de Macera, con la que forjó
una profunda amistad, se convirtió en su mecenas. El ambiente y protección de los
virreyes marcará decisivamente la producción literaria de Juana. Dicha fase cortesana dejó
huellas permanentes en lo que escribió durante estos años.

Pasado un tiempo y pese al buen acogimiento que tuvo en Palacio, Juana abandonó la
Corte e ingresó en el convento de las Carmelitas Descalzas en 1667. No se conoce con
exactitud los motivos del rechazo de Juana al ambiente cortesano. Lo que parece cierto es
que la autora no quería vida matrimonial, la cual vio como un impedimento para su
creación literaria. Y es que, como señala Octavio Paz en su estudio sobre ella, la vida
conventual de entonces no era como la de ahora: los conventos constituían centros de
actividad cultural, con bibliotecas y actividades literarias, teatrales y artísticas, a las que
las monjas podían dedicarse sin contacto directo con los hombres. La solitud del lugar era
el ingrediente perfecto para “poder pensar”. Un convento no suponía, en la época, la
vocación religiosa, como en la actualidad. Parece que este era el caso de la autora: entra
por vocación intelectual, no religiosa.

A los tres meses de su ingreso en la Orden, se salió de la misma, por no soportar sus
estrictas normas . Tras año y medio fuera del convento (parece que volvió a la vida
cortesana en este tiempo ), Juana tomó los hábitos en otro convento, esta vez, el de San
Jerónimo, adoptando el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz. Su ambiente aristocrático y
sus reglas menos estrictas le permitieron dedicarse a su pasión: leer y escribir. Para ella, la
vida en el convento era mucho mejor que la vida doméstica. Se sabe que su habitación era
la más amplia, de dos alturas, con escalera y una gran biblioteca, lo que le permitió poder
llevar a cabo su vida intelectual y celebrar tertulias que acogían a personalidades e
intelectuales del momento. Por aquellos años , entabla amistad con la marquesa de Laguna
y contacta con ilustres como Carlos de Sigüenza y Góngora.
La producción de sor Juana en el periodo conventual es muy abundante. Se la llegó a
conocer como “Décima Musa”, sobrenombre este con el que fue afamada por la calidad de
su extensa obra, lo cual la colocó en un lugar privilegiado: junto a las nueve musas que
inspiraron a las ciencias y a las artes de la tradición helena . Su fama como poetisa crecía
por momentos y se hizo muy popular, tanto en México, como en España. Pero dicha fama
le trajo enemigos y envidias. A partir de ese momento, le fue difícil encontrar el equilibrio
entre la esencia católica y el libre ejercicio del intelecto. Sor Juana Inés de la Cruz se vio
sometida a las acerbas críticas, en general, pero a las de un predicador jesuita, apoyado
por el mismísimo obispo de Puebla, en concreto. El obispo prologó la publicación del
jesuita, con el seudónimo de “Sor Filotea”, instando, en él, a la escritora, a que
abandonase las “humanas letras” y se dedicara a las “divinas letras”, de las cuales,
sacaría mejor provecho.
Esto provocó la airada reacción de sor Juana, publicando, a su vez, a modo de defensa de
su labor intelectual , el escrito “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” en 1661, en el cual la
autora contesta a las recriminaciones del obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, por ser
mujer y afanarse en ciertas cuestiones filosóficas e intelectuales, menciona a mujeres
sabias de la Historia y de la Biblia, como Santa Catalina o Hypatia de Alejandría, con las
que se siente identificada, critica las envidias de que es objeto y reivindica el derecho de
la mujer al estudio y al conocimiento. Sor Juana hace una sutil defensa de su posición que
chocará con una sociedad donde el verdadero poder es del hombre. Este escrito, podría
considerarse el primer testimonio feminista de América; además, es la obra en prosa
fundamental de la monja y la primera autobiografía literaria escrita en el citado
continente.
Finalmente, la autora cede al celo y a las amenazas de sus enemigos, renunciando,
tristemente, a lo que ha defendido, quemando sus libros, haciendo penitencia y ratificando
sus votos religiosos. Este arrepentimiento es una traición a sí misma. Poco después,
debido a una epidemia de tifus, muere “con serena conformidad”. Tenía 43 años de edad.
“En perseguirme, Mundo, qué interesas? ¿En qué te ofendo, cuando solo intento poner
bellezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las bellezas?”
Sor Juana Inés de la Cruz .

 

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