La disonancia cognitiva es un concepto clave para comprender como funciona la mente y el comportamiento humano.
José Luis Castilla García (podcaster en Spotify con Business Psychologist)
Creemos que nuestras creencias y actitudes son las que gobiernan nuestra conducta, que nos
comportamos según nuestras opiniones y forma de pensar, que nuestras ideas rigen nuestras
acciones. Así, los psicólogos, en un principio, establecieron la existencia de una influencia
unidireccional en la que las creencias y actitudes influyen en la conducta, de tal forma que, si se
producen cambios en éstas, por información nueva que nos llegue o por reflexiones nuestras, estos
cambios se van a reflejar en cambios en nuestra conducta, en nuestro comportamiento. Si pensamos
que el consumo de un determinado alimento es bueno para la salud, lo consumimos, pero si nos
llega información de que ese alimento es malo para la salud, dejamos de consumirlo.

Pero la visión de las cosas cambió a raíz de una serie de experimentos, en los que a sujetos se los
obligaba de forma progresiva y escalonada a cambiar su conducta. Como resultado de estos
experimentos los psicólogos comprobaron con asombro que la conducta, el comportamiento del
individuo, influye en sus creencias y actitudes, de tal forma que cambios en nuestras acciones van a
producir cambios en nuestras creencias y actitudes, es decir, que la influencia era bidireccional; las
opiniones del individuo influyen en su conducta, pero la conducta del individuo también influye en
sus opiniones.
¿Cómo es esto? Lo que sucede es que cuando nuestro comportamiento entra en conflicto con
nuestras creencias (disonancia), en vez de cambiar nuestra conducta, para hacerla compatible con
nuestras creencias, en muchas ocasiones hacemos al revés, cambiamos nuestras creencias y
actitudes para hacerlas compatibles con nuestra conducta, es decir, modificamos nuestras creencias
para ajustarlas a nuestras acciones.
Un ejemplo es el tabaco. Sabemos, por la información que nos llega, que fumar es perjudicial para
la salud. Pero un joven puede empezar a fumar por imitación o por incitación del grupo de amigos
que fuman. Entonces, cuando se convierte en fumador, se produce una contradicción entre la
información que posee y el acto de fumar. Esta contradicción genera una incomodidad.
Para resolver esta situación incómoda, el fumador va a adoptar una serie de creencias para justificar
su acto de fumar como “fumar me calma cuando estoy estresado o molesto”, “fumar me ayuda a
concentrarme mejor”, “fumar me hace más fácil socializar”, “los médicos exageran sobre lo
perjudicial que es el tabaco”, “todos tenemos que morir de algo ¿así que por qué no disfrutar y
fumar?”, “fumar no es más arriesgado que otras cosas que hace la gente”.
Algunas veces compramos algo de lo que no estábamos muy seguros o que no era tan bueno como
esperábamos. Una vez realizada la compra se va a producir una disonancia que podemos eliminar
con justificaciones como “de cualquier forma me sirve para…”, “pensándolo bien es lo que necesito
para…

En nuestras relaciones con amigos o conocidos también puede tener lugar una disonancia cognitiva.
Un amigo o conocido nos puede pedir un favor grande, y quizá sea poco probable que aceptemos
hacérselo por el elevado coste o esfuerzo que implica. Pero antes, puede pedirnos que le hagamos
un favor pequeño que, por tanto, es más fácil que concedamos. Aunque hacer un favor pequeño ya
supone una acción por nuestra parte, una conducta, un comportamiento.
Le hemos hecho un favor que, aunque sea pequeño, ya abre la puerta a una pequeña disonancia ¿por
qué hemos accedido a hacerle ese favor? Entonces racionalizamos nuestra acción para justificarnos
“le he hecho el favor porque parece un buen chico, parece buena persona y quizá lo necesitaba, y
además puede que más adelante me pueda devolver el favor de alguna forma u otra”. De esta
manera, sin darnos cuenta, vamos modificando favorablemente la imagen que tenemos de él. Así
que, si ahora nos pide el favor grande es más fácil que se lo hagamos, pues su imagen es ya mejor, y
ya resulta más aceptable para nosotros hacerle el favor grande.
Algunas personas conscientes de este efecto, saben “preparar el terreno”, consiguiendo que les
concedas un favor pequeño, para pedirte después un favor más grande. Las sectas religiosas o los
grupos extremistas funcionan de esta forma para captar adeptos. Entran en contacto con una
persona, y al principio solo le piden favores pequeños, que suponen pequeñas acciones, pero que ya
van produciendo un cambio en la forma en la que el individuo percibe la organización: “es una
organización con unos criterios morales indiscutibles, por eso accedo a lo que me piden”, “lo que
dicen ellos es cierto, por eso coopero con ellos”, “quieren el bien de la humanidad”.
La organización, poco a poco, va escalando en la magnitud de cosas que le pide al individuo, hasta
que éste termina incluso por cambiar la percepción que tiene de él mismo, para verse totalmente
identificado y comprometido con esa organización.
En los casos de acoso escolar pasa algo parecido. El o los niños acosadores animan e incitan a otros
niños a que se burlen o le gasten bromas, al principio pequeñas, al niño acosado. De esta forma los
niños que empiezan a participar en el acoso, para justificar su propia conducta, van modificando la
forma que tienen de percibir al niño acosado: “en el fondo se merece que se burlen y se metan con
él, porque es tonto, porque su comportamiento es ridículo”, y una vez que han cambiado su actitud
hacia el niño acosado, las formas de acoso se pueden volver cada vez más duras.
Los seres humanos podemos engañarnos a nosotros mismos, y aunque no podemos cambiar nuestra
naturaleza, al menos ser conscientes de ella nos puede ayudar.
