Contar nuestros problemas y como nos sentimos ya tiene, en sí mismo, en efecto terapéutico.
José Luis Castilla García (podcaster en Spotify con Business Psychologíst)
Los seres humanos hemos recurrido, desde tiempos inmemoriales, a un procedimiento muy simple
para aliviar trastornos conductuales y padecimientos del estado de ánimo. Dicho método, empleado
habitualmente en la vida cotidiana, consistía en hablar. En hablar de los pesares y de las dificultades
que alguien encontraba a lo largo de su vida. Esa expresión y descripción hablada que una persona
hace de los problemas que afronta, de los obstáculos o pérdidas importantes que debe enfrentar,
mitiga su sufrimiento, lo vuelve más reflexivo y aplaca impulsos o actitudes violentas y destructivas
por las que se pudiera dejar llevar.
Contar los problemas que tenemos y nuestro estado de ánimo, cuando estamos en dificultades, es
algo que hacemos de forma instintiva. Lo hacemos con amigos, familiares, vecinos y compañeros
de trabajo.

Una persona le cuenta sus problemas y como se encuentra a otra. Esta última pudiera darle un
consejo pero, independientemente de que le dé o no un consejo o que ese consejo sea más o menos
acertado, el hecho en sí, para la primera persona, de contar sus problemas y describir su estado de
ánimo ya sirve para mitigar su sufrimiento.
Los psicólogos, desde el principio, empezaron a emplear esta técnica terapéutica con sus pacientes.
Quedó claro que el psicólogo, sobre todo, debía escuchar al paciente. Se llegó a decir que el
psicólogo era ante todo “una buena oreja”. Pero, aunque hablar sobre sí mismo y sobre sus
problemas era reconfortante para el paciente, el psicólogo debía hacer algo más que escuchar. Debía
de ser algo más que un “amigo” o “vecino” que escucha con atención, debía incitar al paciente a
que contara de forma más precisa y detallada cual era su estado de ánimo y en que consistía su
trastorno conductual, es decir, debía conseguir que el paciente se centrara, de forma específica, en el
problema emocional y conductual que le aquejaba.
Y esto lo iba a conseguir mediante preguntas que ayudaran a que el propio paciente fuera
describiendo mediante sus respuestas aspectos cada vez más específicos y detallados del problema
que le aquejaba. De tal forma que el paciente, mediante la reflexión que hace para elaborar sus
respuestas, se va dando cuenta o se va volviendo más consciente, él mismo, de cuales son las
situaciones específicas que desencadenan en él una determinada reacción emocional o conducta
problemática, y de las razones de porqué esa reacción emocional o conducta es problemática, y así
va desmenuzando y viendo dentro de cada una de esas situaciones cuales son los estímulos o las
personas que intervienen en esas situaciones y cual es su papel en ellas.
Las respuestas que el paciente elabora desencadenan en el propio paciente en un proceso de
reflexión que favorece el autoconocimiento. En ese proceso, éste reflexiona sobre sus reacciones
emocionales y conductuales y aprende sobre sí mismo, y analiza qué persona o personas, que
estímulos o situaciones, le hicieron reaccionar de determinada forma y que efectos tuvo esa
reacción en las otras personas y en el propio paciente, y como las reacciones de las otras personas le
afectaron, a su vez, a él.
Una de las dificultades con las que se puede encontrar el psicólogo es que al paciente le de
vergüenza contar cosas sobre sí mismo, por ejemplo, cosas que piensa o hace en determinadas
situaciones o como se siente en ellas. Pero envolviéndolo en una relación cálida, de confianza, de
no censura, de no reprobación, y haciendo preguntas “introductorias”, que se vayan aproximando de
forma sucesiva a la pregunta incómoda, se puede salvar esa dificultad. Lo importante es que el
paciente hable y suelte todo lo que pueda soltar.
Luego, en base a toda esta información proporcionada por el paciente, el psicólogo podría empezar
una terapia de algún tipo, pero el mero hecho de que el paciente haya contado toda esa información,
hablando con el psicólogo, ya tiene un efecto terapéutico, porque va a ver mitigado su sufrimiento y
se va comprender mejor a sí mismo, su forma de reaccionar ante determinadas situaciones, el
porqué de esa reacción, el efecto que tiene su comportamiento sobre otras personas, etc…
Dándole a una persona la oportunidad para que hable sobre sí misma, le estamos dando la
oportunidad para que reflexione sobre su propia vida y clarifique muchas cosas de ella.

Esa necesidad de contar cosas a otro se ha plasmado, en algunas ocasiones, en la elaboración de
diarios, en los que la persona escribe, cada día o con cierta frecuencia al menos, sobre su vida, sobre
las cosas que le pasan y como se siente, y lo hace como si le estuviera escribiendo una carta a un
familiar o amigo, aunque en realidad no hay un destinatario. El diario más famoso y que ejemplifica
mejor esto es el diario de Ana Frank, aquella niña judía escondida con sus familiares y unos amigos
en una parte abandonada de una vieja fábrica, en una Holanda ocupada por los nazis.
La paradoja de los diarios es que lo que se escribía en ellos no tenia en principio ningún
destinatario, entonces ¿por qué se escribían? pues por la necesidad de contar “a alguien” lo que nos
pasa, aunque ese “alguien” realmente no exista, sea alguien imaginario. En su estremecedor diario
Ana Frank contaba, como si le contara a una amiga, sus temores y las relaciones, algunas veces
conflictivas, que mantenía con el resto de escondidos, reflexionando sobre su propia vida y sus
relaciones con los demás.
Escribir un diario tiene, por tanto, un valor terapéutico. En otras épocas se hacia con pluma o
bolígrafo en una libreta o libro de hojas en blanco. Actualmente podemos recurrir a un archivo en
nuestro ordenador o notas en nuestro móvil, aunque da igual el soporte. Lo importante es la
sinceridad con nosotros mismos y la reflexión. Se aconseja hacerlo siempre a la misma hora o
momento del día y en un lugar que pueda resultar tranquilo y cómodo.
Hablar o escribir sobre nosotros mismos, sobre nuestros problemas y estados de ánimo, tiene un
valor terapéutico.
