La Cofradía del Queso Manchego reúne a profesionales y especialistas en torno a uno de los grandes emblemas gastronómicos de Castilla-La Mancha
Por Miguel Ángel Mateos Robles | Territorio Comestible | Magazzin Don Chicote
Hay productos que representan mucho más que un alimento. Hablan de un paisaje, de una cultura y de una manera de entender el trabajo. El queso manchego es uno de ellos. Detrás de cada pieza hay leche, tiempo, conocimiento y decisiones que terminan definiendo su personalidad. Y para reconocer todo ese trabajo hace falta algo más que probarlo: hay que saber observarlo, olerlo, analizarlo y comprenderlo.
El pasado 10 de septiembre, Villarrobledo, en la provincia de Albacete, se convirtió en punto de encuentro para los amantes y profesionales del queso con la celebración del XXVII Concurso Regional de Calidades de Queso Manchego «Ciudad de Villarrobledo», organizado por la Cofradía del Queso Manchego con la colaboración del Ayuntamiento de la localidad. Era la primera vez que la ciudad acogía este certamen, una oportunidad para poner el foco en la importancia de su sector quesero y en el valor gastronómico de uno de los productos más reconocibles de nuestra despensa.

Una cata en la que cada detalle cuenta
Una cata profesional no consiste simplemente en decidir qué queso gusta más. Es un ejercicio de atención y método en el que cada muestra debe valorarse atendiendo a sus características, desde el aspecto exterior hasta los aromas, la textura y el equilibrio de sabores.
En esta edición se analizaron quesos artesanos e industriales, con el objetivo de reconocer las elaboraciones que destacan por su calidad. Dos formas de producir que, aunque responden a escalas y procesos diferentes, comparten un mismo reto: ofrecer un producto que esté a la altura de la identidad y las exigencias del queso manchego.
La apariencia de la corteza, la regularidad de la pieza, la evolución de la maduración, los aromas y las sensaciones en boca forman parte de un lenguaje que los catadores deben interpretar. En ese proceso, la experiencia importa, pero también la capacidad de dejar a un lado las preferencias personales para valorar cada queso con criterio.
Porque una buena cata exige concentración, conocimiento y respeto por el producto.
La Cofradía: proteger y divulgar una cultura gastronómica
Detrás de iniciativas como esta está el trabajo de la Cofradía del Queso Manchego, una entidad comprometida con la promoción y divulgación de este patrimonio gastronómico.
Su presidente, Ismael Álvarez de Toledo, ha defendido la importancia de acercar el concurso al territorio y de convertir sus resultados en una referencia útil también para el consumidor. La intención no es únicamente distinguir unas elaboraciones, sino contribuir a que el público conozca mejor el queso que compra, identifique sus cualidades y valore el trabajo que hay detrás de cada pieza.
Durante la jornada, compartir espacio con Ismael y Charly fue también una forma de acercarse a esa labor desde dentro: la de quienes dedican tiempo y esfuerzo a mantener vivo el reconocimiento de un producto que forma parte de nuestra cultura alimentaria.

Artesano e industrial: dos caminos para hablar de calidad
A menudo, cuando hablamos de gastronomía, tendemos a simplificar. Sin embargo, la calidad no se explica con una sola etiqueta. El tamaño de una quesería, el volumen de producción o el método de elaboración no deberían sustituir al análisis de lo que realmente tenemos delante.
El queso artesano y el industrial responden a realidades distintas, pero ambos pueden aportar elaboraciones de interés. La clave está en evaluar cada muestra según los criterios establecidos, atendiendo a sus características y a la categoría en la que compite.
Un concurso de estas características permite observar la diversidad del sector y reconocer el trabajo de los elaboradores. También ayuda a recordar que la excelencia no aparece por casualidad: es el resultado de controlar los procesos, conocer la materia prima y entender cómo evoluciona el producto con el paso del tiempo.
Villarrobledo, un escenario con identidad quesera
La elección de Villarrobledo no fue casual. La localidad mantiene una estrecha relación con la actividad quesera y con un sector agroalimentario que forma parte de su identidad económica y cultural.
Celebrar allí el concurso supuso vincular el nombre de la ciudad a uno de los productos más representativos de Castilla-La Mancha. Una conexión que va más allá de la propia jornada: el queso puede convertirse en una puerta de entrada al territorio, a sus productores, a su hostelería y a una forma de turismo gastronómico que busca conocer los alimentos allí donde se elaboran.
Porque visitar una zona quesera, conocer sus productores y probar sus elaboraciones en contexto ofrece una experiencia mucho más completa que llevarse una pieza a casa sin saber nada de su origen.

El valor de detenerse a probar
En cocina, el queso puede ser ingrediente, protagonista o acompañamiento. Puede aportar grasa, salinidad, profundidad aromática, textura y contraste. Pero antes de incorporarlo a una receta, merece la pena conocerlo por sí mismo.
Probar despacio, prestar atención a su evolución en boca y reconocer sus matices nos permite cocinar con más criterio. También nos ayuda a entender por qué dos quesos aparentemente similares pueden comportarse de manera diferente en una tabla, en una salsa o en una elaboración caliente.
La cata nos enseña a mirar el producto de otra manera. Y esa mirada es importante tanto para el profesional de la gastronomía como para cualquier consumidor que quiera elegir mejor.
El manchego no es solo un queso: es territorio
En una época en la que hablamos constantemente de producto, origen y sostenibilidad, conviene recordar que el valor de un alimento también depende de las personas que lo hacen posible. Ganaderos, queseros, técnicos, distribuidores, hosteleros y profesionales de la gastronomía forman parte de una misma cadena.
Concursos como el celebrado en Villarrobledo contribuyen a dar visibilidad a ese trabajo y a reforzar el vínculo entre el producto y su territorio. No se trata únicamente de entregar premios, sino de crear cultura gastronómica, estimular la calidad y acercar al consumidor a aquello que merece la pena conocer.
Al final, detrás de cada queso hay una historia que empieza mucho antes de la primera loncha. Y quizá esa sea la mejor razón para seguir organizando encuentros como este: recordarnos que, cuando un producto tiene identidad, merece ser probado, entendido y contado.
Porque el queso manchego no necesita grandes artificios para hablar de su tierra. Solo necesita que sepamos escucharlo con los sentidos.
